Estrés, emoción y respiración

La respiración es una de las funciones vitales de nuestro organismo. Sin ella no cabría la vida. ¿Por qué entonces nos cuesta tanto respirar plenamente?

Cuando hablamos de respiración plena, hablamos de una capacidad óptima de nuestros pulmones de oxigenarse y oxigenar nuestro organismo. En los dos movimientos que conforman nuestra respiración, la inspiración (cuando cogemos aire) y la espiración (cuando lo expulsamos), participan nuestros pulmones y una serie de músculos y estructuras que por su contracción o expansión permiten el cambio de presión interna para que “recojamos”  el oxígeno. Los músculos intercostales y el diafragma, el músculo respiratorio por excelencia, se contraen y relajan, arrastrando la región torácica hacia la contracción y expansión y su correspondiente cambio de volumen para la inspiración o expulsión del aire.  Cuando la respiración es “plena” u óptima el diafragma se contrae profundamente, permitiendo así ampliar el volumen torácico para una correcta oxigenación.

La dificultad en esta acción tan natural para nuestra supervivencia, reside en que la mayor parte de las veces utilizamos solo una ¼  parte de nuestro potencial respiratorio. Ello resta  capacidad de revitalizar nuestra sangre, células, tejidos, músculos y cerebro y nuestra acción cotidiana.

¿Por qué nos cuesta tanto respirar plenamente?

La respiración está íntimamente ligada a nuestras emociones y de su gestión dependerá nuestra buena o mala salud respiratoria.

Sabemos que en una situación de miedo, nos congelamos y casi “dejamos de respirar”. Cuando estamos ansiosos o estresados al hablar frente a un público, el ritmo cardíaco se dispara y nuestra respiración se acelera. De manera casi involuntaria subimos nuestro centro de gravedad y perdemos contacto con nuestros recursos.

Veamos como el fenómeno del estrés impacta en nuestra respiración y determina la manera en como respiramos.

 Cuando estamos estresados, se activa el sistema nervioso autónomo simpático, cuya función es la activación (contraria a la recuperación del sistema nervioso autónomo parasimpático). Se activan diferentes mecanismos de defensa y el organismo se prepara para luchar o huir frente a una situación considerada como amenazante o anormal. Esto en sí, es bueno, si nos encontramos frente a un peligro real. Careceríamos de instinto de supervivencia si frente a tal situación nos quedásemos tranquilos y apacibles esperando una resolución fácil del conflicto.

La respuesta del organismo al estrés, empieza por modificaciones neuroendocrinas, que pondrán en juego el hipotálamo, la glándula hipófisis y las suprarrenales. Empieza el protagonismo del sistema nervioso autónomo simpático, que provoca reacciones tales como la vasoconstricción periférica, la taquicardia, la ralentización de la movilidad intestinal. Se liberan glucocorticoides en el torrente sanguíneo como la adrenalina y la noradrenalina, el cortisol y aumenta la glucosa en sangre.

Necesitamos tal fisiología para responder a lo que nuestro organismo supone una amenaza. En condiciones normales y una vez pasada  la alerta, el sistema parasimpático permite la recuperación y la vuelta del organismo al equilibrio (homeostasis).

¿Ahora bien que ocurre, con nuestra respiración cuando padecemos estrés?

La activación del sistema nervioso autónomo en su rama simpática, acelera la respiración  que se produce de manera rápida, entrecortada, superficial y tiende a localizarse en la región torácica alta. El ritmo respiratorio aumenta, pudiendo provocar una hiperventilación. Las personas que padecen pánico escénico, conocen muy bien este fenómeno. Pongamos un ejemplo: si quisiéramos “estresar” a alguien, solo tendríamos que pedirle que realizara una respiración, rápida, poco profunda, alta…. Eso de hecho no es algo antinatural, en situaciones donde debemos prepararnos para luchar o huir.

Este tipo de respiración torácica y superficial tiene una función muy específica y supone un solo aspecto de nuestras posibilidades respiratorias.

Quiero subrayar que no existe un tipo de respiración ideal. Según las actividades que realicemos (cantar, dormir, nadar, caminar, hablar) responderemos con un u otro patrón respiratorio (respiración clavicular, torácica, diafragmática, abdominal).

Pero volvamos al fenómeno del estrés…

Respirar desde el “estrés” o las emociones que lo acompañan, no sería un problema si el proceso cumpliera su función acotada en el tiempo. Es decir, si finalizara el proceso específico, una vez desaparecido el fenómeno estresor (estresante). La dificultad surge, cuando una vez pasado “el peligro” (hacer una presentación en público, o acabar ciertas tareas profesionales que nos urgen), e incluso en periodos de descanso, persistimos en el mismo tipo de respiración, reduciendo nuestra habilidad respiratoria y contrayendo los músculos y órganos del cuerpo.

Todo movimiento en el cuerpo, es información para el sistema nervioso y tal respiración emite señales para el cerebro que entiende que la alerta sigue presente. No hay cabida aquí para una vuelta a la homeostasis o equilibrio vital del cuerpo.

Para evitar tal situación, es importante invertir el proceso, mandando nuevas señales y deshabituando a nuestro organismo a funcionar más allá de sus posibilidades, activando el sistema parasimpático, cuya función es la vuelta a la normalidad.

 ¿Por qué una respiración profunda ayuda a controlar el estrés o todo tipo de emoción nociva para nuestro organismo?

Un respiración lenta y profunda, desplegara nuestro diafragma y ayudará a revertir los procesos bioquímicos y fisiológicos, ligados al estrés, enviando nuevas señales a nuestro cerebro, para que entienda que la amenaza ya ha pasado.

La respiración es una función controlada básicamente por nuestro sistema nervioso autónomo El centro que la regula es el bulbo raquídeo que a la vez actúa como regulador del ritmo cardíaco.

Podemos también influir en la respiración, de manera voluntaria liberando nuestro potencial respiratorio para reducir las respuestas al estrés inadecuadas y persistentes y las emociones que las acompañan (ira, frustración, tristeza). Ello supone un aprendizaje que a largo plazo tendrá una repercusión indudable en nuestra salud.

Escrito por: Susana Ramon de www.metodofeldenkrais.com

1 comentario en “Estrés, emoción y respiración”

  1. A veces cuesta dar un parón para respirar cuando te sientes amenazado, pero si superas ese umbral y lo haces, en seguida se notan los beneficios. Hay que lanzarse a hacerlo!
    Buen post, muchas gracias <3

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